Un sistema educativo en quiebra



Hoy, unas reflexiones personales sobre el sistema educativo español:

1. Estoy radicalmente en contra del sistema de oposiciones: es anacrónico, clasista, inútil, destructivo y convierte el sistema educativo público en una enorme agencia de colocación de personal vitalicio. Explico algunas de mis razones aquí: http://coaching-educativo.blogspot.com.es/2014/03/sobre-el-fracaso-escolar-2.html


2. Estoy radicalmente en contra de la fragmentación del profesorado como sector profesional: la división entre funcionarios e interinos, maestros y licenciados, profesorado de área y orientadores, profesorado de "troncales" y de "optativas", etc., tiene un objetivo fundamental, alcanzado con creces: dispersar la energía del profesorado y distraerlo de aquello en lo que toda su atención debería estar concentrada. 

Conectando los dos puntos: si funcionarios e interinos acaban haciendo el mismo trabajo, entonces, ¿para qué sirven las oposiciones? Pues sirven solo como herramienta de gestión administrativa de recursos humanos. Punto.

3. Creo muy necesaria la estabilidad para que el profesorado pueda hacer su trabajo mejor cada día, cada mes, cada año. Pero "estable" no es equivalente a "vitalicio" ni "intocable". El carácter vitalicio de los puestos de trabajo del profesorado público es una estrategia de neutralización de conflictividad crítica. No es tan difícil establecer un sistema de contratos progresivos que supongan sucesivas oportunidades de mejora para el profesorado y las administraciones educativas. Insisto, no es tan difícil... si se quiere.


4. No creo en sindicatos financiados por el Estado. El hecho de ser organizaciones subvencionadas hace que su voluntad y capacidad de acción positiva y honesta tenga un límite clarísimo. La financiación pública de los sindicatos garantiza su supervivencia, y también su ineficacia. Es, pues, un mecanismo de control y anulación, todo lo contrario de lo que los propios dirigentes sindicales intentan (con éxito) vender machaconamente. Como consecuencia de ello, no creo en la eficacia de las manifestaciones ni las huelgas de profesorado y estudiantes como herramienta eficaz de corrección de las cada vez más frecuentes perversiones del sistema diseñadas desde el gobierno. Creo que el poder político cuenta con ellas y tiene más que asumido su coste y el desgaste que les puede suponer. 


5. Entonces, ¿quién puede de verdad presionar para que las cosas cambien para mejor? Los estudiantes, no: si no van a clase durante semanas o meses (cosa improbable, por otra parte: ningún sindicato subvencionado va a apoyar una huelga así), simplemente perderán semanas o meses de clase. El profesorado, tampoco: una huelga de larga duración organizada, apoyada y sostenida por los sindicatos está descartada, por lo dicho antes; una masiva rebelión interna en forma de insumisión pedagógica requeriría una profunda reprogramación de un enorme número de profesores atascados en creencias muy tradicionales. Los inspectores, tampoco: tampoco ellos se van a declarar insumisos y coordinarse para aprovechar su posición estratégica para presionar para modificar el sistema. 

Los colectivos que llevan mucho tiempo trabajando por una transformación educativa a fondo seguirán existiendo y crecerán, probablemente muy despacio y al precio de un enorme desgaste. El colectivo que, tal como yo lo veo, está menos "secuestrado", pero todavía poco concienciado de su poder y muy poco organizado, es el de las familias. Y diré más, aun a riesgo de encolerizar a alguien: yo diría que, dentro de las familias, la clave inicial (enfatizo lo de inicial) está, sobre todo, en las madres. 

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